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viernes, junio 30, 2006

el fenómeno m.y.d.e.l.a.

Ynis no es un lugar cualquiera. Quiero aclarar esto por si os habiais llevado la impresión de que es un pueblo de lo más vulgar, cuya única peculiaridad es que uno de los co-autores de esto blog habita allí. De hecho Ynis es un lugar lleno de misterios, la mayoría de los cuales sigo sin haber podido resolver. Ya hemos hablado de los globos voladores, de los ovnis o de las cómodas sin fondo, en entradas anteriores, y no son estos misterios los únicos a los que los habitantes de Ynis nos enfrentamos diariamente. A decir verdad la cantidad de enigmas es tal, que se podría crear una temporada completa de Expediente X basándose exclusivamente en los sucesos inexplicables que se dan cita en este tranquilo pueblecito. El fenómeno que hoy trataré responde al nombre de M.Y.D.E.LA. (Muebles Y Dinero En Los Árboles) y es tan fascinante como beneficioso para todos los que aquí vivimos.

Cualquier persona con un mínimo de masa gris suficiente para hacer la o con un canuto convendría que el nombre explica a la perfección en qué consiste todo este asunto. Sin embargo, para aquellos que no alcancen ese mínimo y para los más incrédulos también, me rebajaré a explicar de manera pormenorizada en qué consiste eso del M.Y.D.E.L.A. La simpatía es mi única bandera, sí.

Un día Sócrates, el buho que regenta el museo, me pidió encarecidamente que me esforzase en atrapar una abeja para poder exponerla junto a los otros (escasos por ahora) insectos que hay en el museo. A día de hoy sigo ignorando porqué me eligió a mi para este peliagudo trabajo, pero me inclino a pensar que porque he sido el que más elementos he aportado al museo. Claro que en el otro lado de la balanza de la confianza yace el peligro intrínseco que supone cazar este amenazante y laborioso bicho, que dista mucho de ser la recompensa ideal para alguien que ha puesto tanto tiempo y tesón en rellenar los antes vacios muros del museo. Sea como fuere no pude rechazar la petición, así que tras pasar por mi casa para recoger el cazamariposas, salí a la caza de una reina de la miel. Las horas se cayeron del reloj lentas y agoniosas, como los pétalos de una flor en medio del desierto, pero la dichosa abeja no apareció. Una cosa es estar dispuesto a enfrentarse a un aguijón defensor, otra muy distinta es deambular sin rumbo en busca de un insecto aparentemente olvidado por la creación. Cansado y abatido, volví a mi casa, y mañana ya sería otro día. Y mañana lo fue, y el siguiente mañana también lo fue, y el siguiente, y el siguiente a ese, y así durante numerosos días. Fueron diferentes en todo, menos en que no logré encontrar una dichosa abeja, menos aún cazarla.

Un buen día, por fin la buena fortuna se cruzó en mi camino, saltando desde el de Lotar, para su desgracia. Era por la mañana, y el cielo azul como un pitufo. Yo había salido a pasear armado con mi cazamariposas y con una abeja zumbándome en el subconsciente. Casi ya ni recordaba qué me había empujado a salir cada día con ese objeto. Ya apenas recordaba que salía de caza, y no de paseo. Ese día paseaba, bastante contento he de decir, cuando vi a Lotar a lo lejos y lo saludé, pero él no me vio y por lo tanto no devolvió el saludo. Parecía enojado, como sólo un gorila se puede enojar, y transmitía su enojo único a través de airados y simiescos gestos. Decidí acercarme a ver qué le pasaba, pues aunque se enoje constantemente, Lotar sigue siendo un gorila de lo más civilizado. En esas estaba cuando en su frenesí de mala uva, se acercó a un árbol y lo meneó con violencia. Una violencia muy civilizada, eso sí. Aún estaba lejos y mi deficiente vista me impedía ver con claridad lo que estaba aconteciendo, pero me pareció ver que algo caía del árbol. Que ese algo era de color marrón con tintes ámbar. Que de esa cosa marrón con tintes ambar salía una nube negra. Una nube negra que se arremolinaba alrededor de Lotar. Lotar que braceaba y pataleaba y se hinchaba y gritaba. Gritaba de dolor y de rabia. Y la nube negra se iba silvando una canción por la cálida venganza. Me acerqué corriendo y vi lo que se podría describir como un híbrido entre un pan quemao y King Kong en miniatura. A su lado había un panal, en su interior un cabreo monumental y en el mio un instinto de supervivencia que me obligó a salir de allí lo antes posible, porque Lotar es muy civilizado, pero sus brazos son como dos troncos acabados en tenazas con la propiedad de truncar los sueños y la materia de cualquiera.

viernes, junio 16, 2006

El misterio de las cartas anónimas


Las cartas anónimas que hasta ahora provocaban las risas de los habitantes de Neimtaun adquieren un tono injurioso que preocupa a las autoridades del tranquilo pueblo costero.


No es ningún secreto que desde hace unos meses circulan por Neimtaiun y alrededores cartas anónimas de contenidos como mínimo extraños. Todos los habitantes sin excepción han recibido al menos una de esas cartas; algunas hablan de tiempos pasados, otras parecen sacadas de un libro de autoayuda. Las más inquietantes se dirigen a su destinatario como si lo conocieran, y le increpan que recuerde escenas compartidas con su anónimo autor. Algunas describen incluso escenas tórridas con un vocabulario rebuscado y pasado de moda.

- Cuando leí que yo había sido la luz de donde el Sol la toma de una persona que me mandaba besitolines noté cómo mis mejillas enrojecían, y no querría parecer ingenua, pero me planteé seriamente descubrir quién era el autor. Por supuesto no para revivir eso que me contaba, sino... pues para denunciarlo a la policía, claro está–, nos contaba Yuka, la koala, con un sobre rosa en la mano.

Los habitantes de Neimtaun no salen de su asombro. Cuando las cartas empezaron a aparecer en los buzones, los neimtaueños se apresuraron a mostrarlas a sus vecinos, con la esperanza de hallar en ellos alguna explicación. Sin embargo, tras comprobar que las cartas estaban siendo enviadas a todo el pueblo, y que nadie sabía de dónde llegaban, dejaron de pedirse explicaciones y compartir el correo se convirtió en una práctica habitual cuyo único fin era ya la diversión.

-Estaba furioso de no tener zapatos; entonces encontré a un hombre que no tenía píes, y me sentí contento de mi mismo–nos leía alborozado el caballo Trotón.

-El amor es: el dolor de vivir lejos del ser amado—, añadía Elvis con desprecio, mientras Yuka levantaba su carta y repetía entre risas:– ¡Besitolines!


A pesar de ser el género que más risas suscita, las cartas de amor no son las que han despertado la inquietud en Neimtaun. Desde hace unos días circula una carta, firmada también por un anónimo, donde se denuncia una situación de esclavitud y abuso de poder por parte de Tom Nook, el propietario del almacén del mismo nombre. Éste, al conocer la existencia de dicha carta, mostró su indignación y no dudó en denunciar el caso a Vigilio y Nocencio, los policías municipales. Tras personarse en el almacén e interrogar a los dos únicos trabajadores, Tendo y Nendo, cuyas declaraciones desmintieron completamente el carácter infrahumano de su trabajo, los policías explicaron que no podían arrestar a alguien cuya identidad era desconocida, pero prometieron hacer todo lo posible por descubrir al culpable.

Hasta el momento se ha interrogado a dos de los veinte habitantes de Neimtaun, siendo los elegidos Sol y Carturo, ambos en contacto directo con el correo. Sol, trabajadora del ayuntamiento cuyas tareas incluyen la preparación de las cartas que más tarde repartirá Carturo, ha explicado que no sabe nada acerca de la procedencia de las cartas:

– Nunca nadie ha venido a entregármelas personalmente, y la letra no se parece en nada a ninguna de las caligrafías de ninguno de los habitantes de Neimtaun. ¡Y créanme que conozco muy bien la letra de todos y cada uno de ellos!

Los policías trabajan con la hipótesis de que el autor escoja la noche para depositar las cartas en la oficina de correos. En ese caso sería Estrella, la trabajadora del turno de noche del ayuntamiento, quien lo hubiera visto. A esta hipótesis la apoya el hecho de que Estrella se ha negado hasta ahora a participar en los interrogatorios, y su acritud habitual la ha convertido en el blanco de todas las hipótesis que los neimtaueños nos han querido confiar

-¿Quién va a correos de noche? ¿Quién va al ayuntamiento a partir de las 8 de la noche? ¡Nadie! ¿Y qué hace una persona que trabaja en el turno de noche? ¡Se aburre! ¿Y qué hace alguien cuando se aburre? ¡Escribir cartas!–nos decía Rodeo con los ojos rojos que lo caracterizan.

-¡Es una amargada! –exclamaba Yuka con un gesto que evocaba lástima y desprecio a partes iguales–. Nunca ha salido con nadie, no tiene amigos. Se dedica a fastidiar a los demás con cartas que ridiculizan aquello que ella nunca ha tenido. ¡Si es que es de cajón!

-Yo sin embargo creo que esas cartas vienen de Ynis–, se aventuraba la ardilla Dentina con su característica voz de helio.

Las hipótesis no paran de surgir. Mientras, la policía estudia el caso y ha prometido resolverlo antes del inicio del verano. No han explicado el método con el que tienen pensado conseguir tal proeza, y tal vez por eso los habitantes de Neimtaun han recibido la noticia con cierta incredulidad. Tom Nook, para desmentir completamente los rumores que han aparecido en el pueblo a causa de la carta que lo acusaba de negrero, ha decidido obsequiar a sus trabajadores con una semana de vacaciones, tras la cual habrá grandes ofertas, ha añadido.

miércoles, junio 14, 2006

mensaje de la semana

Tonto el que lo lea.

martes, junio 06, 2006

mensaje de la semana

Para atrapar a un ratón, usa queso...
Para atrapar a una abeja, usa miel...

viernes, junio 02, 2006

Poconá

Probablemente todos hayáis oído hablar de Poconá. En la televisión, en el periódico, en los temas de muchos cantautores, en los anuncios y campañas solidarias propios de la época navideña. Todos lo habréis visto también en el reverso de otros anuncios, aquellos donde aparece gente henchida de orgullo por poseer coches enormes, electrodomésticos capaces de hacerte la vida más fácil (porque todos sabemos que las dificultades de la vida las puede resolver fácilmente un buen lavaplatos), zapatos que respiran, vitaminas que te hacen feliz, pegatinas mágicas que adelgazan, clínicas que prometen convertirte en la mujer más hermosa del mundo (¿por qué no aparecen hombres en los anuncios de corporación dermoestética? ¿quién les ha dado permiso para no ser jóvenes, delgados y asombrosamente parecidos?). En las etiquetas de la ropa de moda y a buen precio, que susurran para quien quiera oírlas que han estado confeccionadas en países donde las condiciones de trabajo estremecerían a cualquiera que osara imaginarlas. En todos sitios está Poconá, en el reverso de todo lo que se ve y lo que no se ve.

Existe Poconá porque existe la otra cara de la moneda, la cara donde lo innecesario se convierte en esencial porque todo lo realmente necesario ha sido cubierto mucho tiempo atrás, y porque la producción de lo innecesario enriquece a aquellos que ya eran ricos, y genera necesidades absurdas, frustraciones y complejos que buscan calmarse con más cosas innecesarias, y al final lo necesario, tiempo atrás cubierto, se olvida.

Poconá se rehuye, se oculta. Se reduce a un par de imágenes, cuanto más impactantes mejor: un niño con lágrimas en los ojos, otro con el vientre hinchado por la falta de alimento, otro con moscas en los ojos. También se convierte en un destino turístico de categoría: las playas de Poconá, a las selvas de Poconá, los cruceros por Poconá, la calma de Poconá, el exotismo de Poconá. Se viaja a complejos hoteleros aislados, con piscinas inmensas, aguas limpias y restaurantes con comida típica del país, y se cree haber visitado el país, sin ni un solo momento haber pisado los pueblos ni las gentes que los habitan.

Poconá no aparece en las noticias si no es de pasada, algo que sucede lejos y que no se puede cambiar; desastres naturales, conflictos armados, lamentos de fondo. Las guerras de Poconá no son tan importantes como las otras, por eternas, por cansinas; sus víctimas no movilizan a nadie, no llenan las calles de pancartas e indignación, los nombres de los países apenas aparecen en los medios de comunicación y por lo tanto tampoco están presentes en las mentes de nadie. Se ven como algo inalterable, resultado de una cultura distinta, una manera de ver las cosas incomprensible, una época que en algunos lugares se empeña en perdurar. Se percibe Poconá como un lugar que no tiene nada que ver con el resto del mundo, donde sólo hay pobreza, cuyos habitantes son mucho más resistentes a la adversidad, por fuerza y adaptación, y se dedican por entero a la tarea de sobrevivir. Se piensa en Poconá como en la antítesis de la riqueza y la paz, ignorando a veces de manera voluntaria de dónde provienen los diamantes y otros símbolos de riqueza y poder.

En Poconá sí que conocen los nombres de nuestros países. También conocen lo innecesario, a través de televisores que juntan a varias familias cada noche, y en casas de paredes desconchadas, sobre alfombras roídas y a un paso de un cielo lleno de estrellas, contemplan con los ojos muy abiertos cómo vive la gente de los anuncios y las series de televisión, la que no sólo come cinco veces al día sino que guarda su comida en refrigeradores silenciosos con una pantalla de televisor pegada en la puerta, vive en casas enormes, alimenta a sus perros con comida vitaminada, luce sonrisas perfectas y conduce coches brillantes. Gente que, en general tampoco tiene nada que ver con nosotros.

Y en busca de lo necesario, algo que por fuerza tiene que sobrar en un lugar con tantas cosas innecesarias, algunos se embarcan en viajes rumbo arriba que muchas veces acaban en medio de la nada, y otras en vidas cercanas a la pobreza, una pobreza distinta de la del país que han dejado atrás, que permite lo necesario pero sin embargo está privada de dignidad. No por tener un color de piel distinto, los que lo tienen, ni por hablar un idioma distinto, ni por rezarle a un Dios distinto. Simplemente porque son pobres, y la pobreza es indigna.

Y lentamente la indignidad puebla las calles de países que no tiene derecho a poblar, y ocupa casas, colegios, puestos de trabajo a los que, según algunos, tampoco tiene derecho. La pobreza también comete delitos, atracos, robos, reclama un espacio para los pañuelos en la cabeza, para lugares donde se reza descalzo, para la diferencia. Y nos llevamos las manos a la cabeza, el caos se aproxima, la mezcla nos borrará mientras la injusticia se apodera lentamente de nuestro rincón de mundo. Aparece el miedo, y con el miedo el odio, y se reclaman soluciones rápidas y eficaces: echarlos, devolverlos a sus países, hacerlos desaparecer, que todo vuelva a estar en su lugar y ellos en Poconá, donde por fuerza han aprendido ya a sobrevivir, donde les ha tocado vivir por nacimiento y no por culpa nuestra, donde aún están en épocas pasadas, con tribus y sacrificios y ablaciones y huesos en las narices. Porque aquí no hay lugar para todos y todo tiene un límite.

Todo, excepto lo infinito, tiene un límite, y la Tierra no es una excepción. Sin embargo durante muchos años se creyó que lo era. Se viajó en barco, porque aún no existían los aviones, en busca de nuevos lugares que conquistar, y se comprobó que más allá de lo conocido existían tierras que aún no tenían nombres (al menos no en un idioma comprensible, al menos no pronunciables), con habitantes extraños que no contaban con armas sofisticadas, tierras ricas en materias primas, enormes, fértiles y vírgenes. Hubo quien estudió la finitud de la Tierra y trazó mapas para delimitarla. Luego alguien los pintó de colores, colocó banderas y se enorgulleció de imperios donde nunca se ponía el sol. Sólo entonces dejó la Tierra de ser infinita.

Es cierto que el desplazamiento de la pobreza no es la solución. Tampoco es el problema. Las autoridades, los gobiernos, se empeñan en tapar los agujeros por donde penetra Poconá como agua en un barco que amenaza con hundirse pero que sin embargo permanece inmóvil, tal vez porque hace ya muchos años que se hundió. Poconá sigue siendo un desconocido, un desconocido que nos invade y que cuanto más cerca está de nosotros menos posible nos resulta conocerlo. Y nadie propone acercarse, cambiar de barco, buscar una playa nueva donde haya troncos para poder construir otros barcos. Se necesita la madera para construir lo innecesario, las frustraciones para alimentar el odio, el miedo para mantener las cosas inalteradas delante de nuestros ojos ciegos. Mientras en Poconá comparten la radiación en blanco y negro de un viejo televisor y sueñan con vivir en una realidad que no existe.

ayuda a poconá

La satisfacción y el orgullo que se siente cuando se ayuda a alguien es posiblemente una de las sensaciones más intensas y duraderas que uno puede experimentar. Hasta tal punto que a veces me llego a plantear si ayudar no será una forma egoista de limpiar la conciencia. Pero que se ayude es muy relativo, porque bien se puede entender que uno nunca termina de ayudar o concluye el acto de ayuda, pues echar una mano en un momento dado no impide que se vayan a necesitar más manos en un futuro. Esta es una de las razones por la que mucha gente se niega a ayudar; para evitar la frustración de ver que sus esfuerzos son en vano. Pero estos esfuerzos nunca caen en saco roto, siempre al otro lado hay alguien que agradece que tengas en cuenta su existencia, por encima del éxito de los actos. Esa gratitud es el verdadero premio, más que cualquier orgullo o autocomplacencia.

En Poconá necesitan tu ayuda. Ya se sabe la teoría del granito de arena: que granito a granito, se va haciendo castillo de arena. Por eso me gustaría que os planteaseis si estais en situación de ayudar a alguien o no, si disponeis de un granito de arena que donar. Pero no quisiera llevaros a engaño, este no es un sitio para recolectar dinero que dar al tercer mundo, o no al menos al tercer mundo que imaginais. Las donaciones que aquí se hagan irán destinadas a los autores de este blog, para su uso personal. No vivimos en Poconá, pero somos pobres como ratas.

Gracias de antemano.


martes, mayo 30, 2006

pantomi+

Ayer fue el Día Guay, y no porque lo diga yo. En verdad si fuese por mi, se habría llamado "el Día Hipócrita" o "el Día en el que Todos Hacemos Como que nos Llevamos Genial Aunque en Verdad no nos Llevamos". Pero no, oficialmente en Ynis era el Día Guay, y todos los habitantes parecían bastante felices por esto. Claro, ¿quién no va a estar contento cuando es el Día Guay? (leer esto último como si fuese una pregunta irrefutable e incontestable -aunque estas dos son básicamente lo mismo-). A mi todo esto del Día Guay también me viene de nuevo, y aunque en el tablón de anuncios había sido escrito bien clarito que sería el domingo y la festividad fue la comidilla popular durante la semana, cuando el día llegó yo seguía sin tener muy claro qué tenía de especial este día para ser una festividad. O mejor incluso, qué méritos había hecho para que lo calificasen como Guay. Y ayer fue el día y mis dudas no han sido resueltas. Lo que deduje fue que todo el mundo salía a pasear y decirle piropos a sus conciudadanos. En mi humilde opinión personal, algo no tan guay como el nombre presagiaba.

En cualquier caso, mi día estaba condenado a no ser guay, y no porque la festividad de Ynis me pareciera un tanto absurda, sino porque tenía un bautizo. Mi resobrino Marcos sería bautizado ese día, y en consecuencia mi familia se reuniría para tal evento. El plan era quedar a las 13 horas en la iglesia para luego ir a un restaurante llamado "El Chalet" a comer juntitos como buenos familiares. Irónicamente, mi familia no es un ejemplo de unidad, por lo que todos y cada uno de los asistentes sabíamos que en verdad no asistiriamos a un bautizo, sino a una sucesión de pantomimas.

La primera fue la propia reunión frente a la iglesia. Gente que comparte origen sanguineo saludándose tras mucho tiempo sin verse, seguramente desde que uno de los eslabones de la cadena familiar dio una fiesta tradicionalmente religiosa. Gente cuya única conexión es esa cadena de ADN que los une con férrea ferocidad a un destino compartido.

La segunda pantomima da comienzo una vez en la iglesia. Dos bautizos han reunido a aproximadamente cien personas que a duras penas saben seguir los salmos del cura. Allí hay muy pocos cristianos, algunos creyentes, y mucha gente que ha comprado fe por la infantil ilusión de tener una boda convencional, con altar, sermón y vestido de novia. El cura empieza su plática insulsa, intenta que aquello sea ameno, pero se toma libertades que nadie le demanda. No culpo al individuo, parece un hombre amable, pero su actitud es tan erronea como la de la iglesia a la que representa. Se está tomando demasiadas libertades. La libertad de contar cosas por las que no ha sido reclamado. Libertades por las que no se le paga. Libertades que guardan bajo llave el tiempo de esas cien personas. Es paradójico que un miembro de la iglesia se preste a tomarse libertades para algunas cosas y prohiba tajantemente que otros se tomen otras. Pero, ¿qué mal va a hacer un cura por contar batallitas que le han acontecido, vivencias que ha tenido? El mismo mal que cualquier humano que se ha tomado la libertad de ser conductor de su vida, supongo. El buen hombre que viste con túnica blanca ahora habla de la escuela, de las asignaturas, de la religión. Habla de política en un bautizo. No es mi guerra, no voy a romper el sueño idílico de mi sobrina porque estén insultando a mi inteligencia, sacrificaré esa libertad mía por la de un ser cercano, su libertad a tener un día tranquilo, como ella ha planeado tenerlo. El padre concluye el sacramento alzando a mi resobrino frente a la imagen de la Virgen María, como el macaco del Rey León alzó a Kimba, digo Simba.

Se abre el telón y aparece la tercera pantomima. El convite es en un restaurante a bastantes kilómetros de distancia de la iglesia. Como objetivo gastarse un montón de dinero en lo que, de otro modo, podría hacerse con pocos recursos y con mejor final. El lugar es de aspecto agradable y servicio presto. Los entrantes se van sucediendo hasta que finalmente aparece el plato principal: la paella. Un robusto camarero muestra el ejemplar, como si de un trofeo de caza se tratase. La paella es repartida entre todos los comensales, aunque son muchos menos los que se acaban el plato, y no porque la cantidad sea ingente. La paella es mala, apenas merece tal nombre, y el dinero se ha ido por el coladero de manera impepinable. El dinero no es mio, pero las dudas de lo necesario de acudir a un lugar como ese para celebrar un bautizo sí. Sé que forma parte de toda la parafernalia propia de los bautizos y este tipo de celebraciones, pero eso no quita que sea ridícula la elección. Pocas veces los invitados acaban contentos con lo que había, la mayoría, demasiado campechanos (aunque no se reconozcan así) para apreciar los platos más modernos. En este "El Chalet" los platos no eran muy vanguardistas, pero la paella era mala, muy mala. Parecemos condenados a no saber elegir El Chalet propio y el hacer una paella con buena leña, para disfrutar del día soleado de manera efectiva y barata. Siempre pretendemos ser más de lo que somos, y la insatisfacción que nos produce el descubrir que no lo somos, es como una losa que aplasta nuestras ilusiones y nos descoloca el alma.

La siguiente pantomima es la conversación de sobremesa, en la que se levanta una batalla de intereses y brillos. A ver quién brilla más y es más interesante. Se cuentan cosas que nadie puede corroborar, mientras los egos aumentan y los bostezos les siguen. Se regalan sonrisas de soslayo y miradas esquivas que buscan un reloj. El café se prolonga más de lo que la tacita da de sí, hasta que son las seis y hace horas que todos queremos estar en casa. Para mi fortuna encuentro una vía de escape en los fumadores, mis sobrinos y mi hermano, mis personas más allegadas en aquel campo de batalla. Podemos salir a contar nuestras historietas (o a oir cómo las cuentan, en mi caso), aunque la tónica de brillos e intereses es la misma que dentro. Nos reivindicamos y situamos, soltamos mítines de solidificación emocional y según las reacciones de nuestros contertulios nos llenamos de seguridad para los días venideros.

Por fin es la hora de regresar y nos despedimos de todos. Miramos que no se nos olvide nadie. Parece más doloroso que no te digan adiós que el hecho de que no se interesen por ti el resto del año. Mentalmente quien más quien menos va chequeando sus listas imaginarias. Algunos con mala intención tachan a gente como despedida cuando es obvio que eso no ha ocurrido. Buscan crear el pensamiento y la inquietud en esas personas que caen mal, pero a las que tanto se les sonrie. Pues Pepita no se despidió de mi, ¿por qué no lo habrá hecho? Y Pepita mientras se pinta las uñas con un gesto malicioso en los labios.

Estas son las pantomimas mayores a las que me vi expuesto y en las que tomé parte ayer. Cada una revestida de cientos de pantomimas menores que por volumen he omitido. Así fue que llegué de vuelta a Ynis, vacio de sonrisas. Tras cruzar los portones me encontré a Anibal, el rinoceronte. Me preguntó qué me parecían sus pectorales, y yo le dije que me parecían mamas. No lo pilló. No pilló que estaba cansado de tanta pantomima, que la impermeabilidad de mi mala hostia tenía un límite, y que tanta hipocresía se había filtrado finalmente y afectado a mi humor. Él no tenía culpa alguna. Contemplo que la idea del Día Guay no es mala, y que no todas las pantomimas son negativas, pero la sensación de irrealidad ya era demasiado grande, y la ironía de la festividad demasiado jocosa. Lo siento Anibal, pagaste los platos rotos.

mensaje de la semana... y de la anterior... y de la anterior a la anterior...

Bueno, llevo lag en esto de los mensajes de la semana, así que aquí va un pack con los últimos tres aparecidos en las semanas pasadas y en la que hoy comienza.


Detente, Abraham, no mates al crio...

***

Puedes matar dos pájaros de un tiro.
O dejarlos vivir y ser mejor persona...


***

Sabemos donde vives...
Controlamos tus movimientos...
La traición se paga.

miércoles, mayo 24, 2006

Mi amiga Dori

Llevo ya días preguntándome qué me ocurre, porque que me ocurre algo es obvio. La primera paga que obtuve como reportera intrépida la gasté en un plumero. De acuerdo, la gasté en más cosas, pero parte del dinero lo destiné a un ostentoso plumero de avestruz. Lo más alarmante es que estuve largo rato contemplándolo en el almacén de Tom Nook, admirando sus plumas, imaginando cómo trataría mis muebles, visualizándolos sin polvo, algo hasta ese momento nunca visto (hay que decir que sigue siendo algo no visto a menudo, pero sí que he conseguido perfeccionar las visualizaciones hasta el punto de saber perfectamente cómo sería todo si limpiara a diario). Lo compré como quien compra una película de DVD, o un libro, o una prenda de ropa, en definitiva, como quien compra algo que le hace mucha ilusión, y cuando llegué a casa lo primero que hice fue quitarle el plástico que protegía su plumaje y dedicarme a pasarlo por encima de todas las superficies a la vista.

El resultado digamos que no fue el esperado. El plumero no tenía previsto encontrarse capas tan gruesas de polvo; el polvo, instalado durante tanto tiempo en lo que ya consideraba su hogar, no pensaba que pudiera venir un plumero a hacerle cosquillas. Y yo no contaba con esa habilidad inquietante que tienen las motas de polvo de volar hacia arriba haciéndonos creer que se han ido, para luego, cuando nos despistamos, caer otra vez sobre el lugar donde estaban y ocupar de paso otros lugares, como el suelo. Sí, debo admitirlo, mi casa nunca ha sido nada parecido a una patena.

Tiempo atrás el incidente hubiera quedado como tal, como incidente, como anécdota, nada, un día que se me fue la cabeza y me dio por querer limpiar la casa. Pero ahora algo me ocurre, y ese algo hizo que, ante los ojos atónitos de Tom Nook, gastara la siguiente paga en una aspiradora. ¡Una aspiradora! Y ya no fue como quien compra un DVD para ver luego en casa. No, la ilusión con la que salí del almacén cargada con ese armatoste, la alegría con que lo arrastré cuesta arriba cual hormiga obrera con delirios de grandeza es sólo comparable a la que hubiera sentido al comprar algo como un reproductor de mp3, una colección de diccionarios completísimos, o… cualquier cosa que me hubiera lanzado de rodillas al suelo al llegar a casa, para sacarlo de la caja cuanto antes y dedicar los siguientes quince minutos a la tarea fascinante de montarlo y leer por encima las instrucciones de uso (no, no tenía mucha experiencia en el uso de aspiradoras).

Luego comprobé fascinada cómo esa máquina aparentemente inofensiva tragaba sin misericordia todo lo que se le pusiera por delante (todo lo que fuera de tamaño pequeño; cuando encontraba objetos más grandes se quedaba pegada a ellos como un perro anciano que ha perdido su dentadura tiempo atrás pero que conserva toda su rabia). Me fascinó. La paseé por todas aquellas superficies a las que días atrás el plumero había hecho cosquillas, y me mostraron todas sus colores originales, protegidos durante tanto tiempo por un polvo que, víctima del desconcierto, se dejaba arrastrar hasta las entrañas de ese monstruo desconocido. Cuando por fin presioné con un pie el botón que calma a la bestia y contemplé el resultado de la batalla, el silencio recién recuperado no pudo más que realzar mi ¡uah!, exclamación que vino acompañada de un extraño cosquilleo en mis ojos, que me apresuré a catalogar de alérgico por no admitir la gravedad de mi estado.

Debo admitir que la fiebre limpiadora que me poseyó ese día, incrementada por el hecho de que era la primera vez que usaba a Dori (apelativo cariñoso con el que me refiero a la Aspiradora), no se ha vuelto a repetir. Es cierto que de vez en cuando, una vez a la semana más o menos, la enciendo y la paseo por toda la casa, pero me dedico básicamente al suelo, que es más cómodo, y viendo la facilidad que tiene el polvo para reproducirse cual pesadilla recurrente, he dado por perdidas las superficies tales como estanterías, mesas, televisores, ordenadores y demás.

De todos modos, aunque mi ataque limpiador se haya apaciguado, es cierto que sigo mirando mi casa de otro modo. Hasta ahora el sofá no era más que un lugar donde tumbarme, así como los cristales servían para protegerme del viento y la lluvia (y de los vecinos, si adquirían un nivel suficiente de opacidad); el suelo servía para poder andar por él y llegar de un lugar a otro, simplemente. Ahora no, ahora los contemplo como víctimas en potencia de un futuro ataque de limpieza, y procuro mantenerlos tan limpios como mi dejadez innata me permite. Y eso no es normal. No puedo evitar recordar a todas esas madres de compañeros de colegio, a las que yo tanto odiaba, que no permitían a sus hijos usar la goma de borrar dentro de sus casas porque ensuciaban, los obligaban a caminar sobre trapos del polvo para evitar pisar el suelo que, tal como pensaba yo por aquel entonces, está para ser pisado, y les tenían terminantemente prohibido sentarse sobre la cama por el riesgo de arrugarla. Esas mujeres no tenían casas, tenían manías, manías enormes con paredes y cristales y suelos, y no me daban pena ellas, sino sus hijos, que adoraban venir a mi casa para saltar maravillados sobre mi cama y borrar sin inhibiciones de ningún tipo los errores que cometían al hacer los deberes.

Las recuerdo y, a pesar de saber que yo nunca seré como ellas, me pregunto si no será que me estoy haciendo mayor. Sí, vale, me estoy haciendo mayor, es un hecho, pero ¿esta manía me viene por eso? Hace tiempo oí que la casa es un reflejo de tu interior. Así, si la tienes ordenada es porque tienes la cabeza muy bien amueblada, y si la tienes hecha un desastre es porque tú por dentro también andas hecha un lío. Eso explicaría la tendencia de casi todos los adolescentes a tener habitaciones como guaridas de león hiperactivo. Sin embargo yo opino todo lo contrario. Después de conocer a montones de señoras sin casa pero con manías enormes y limpísimas (y digo señoras porque eran señoras, aunque señores maniáticos también los hay, imagino), he llegado a la conclusión de que cuanto más ordenada tienes la cabeza, menos te molesta que las cosas estén hechas una porquería a tu alrededor. Cuando tienes tu vida y tus ideas bien colocados, usas los sofás para sentarte, el suelo para andar y la cocina para cocinar. Pero si necesitas que todo esté impoluto y ordenado porque si no te sientes como a disgusto, es que hay algo por ahí dentro que no va muy bien. Y a pesar de saber que mi teoría es una tontería, como la anterior y como tantas otras, me está empezando a preocupar este cariño que le estoy cogiendo a Dori, esa sensación de alivio que siento al ver el suelo limpio y respirar el olor de fregasuelos fragancia limón cuando entro en una habitación.

¿Me estaré desordenando?

como un pequeño corte en el dedo gordo

Ayer estaba dando un paseo por Ynis. La tarde era brillante, pero la suave brisa actuaba de manto invisible contra el calor y como incesante fuerza motora cuando soplaba desde atrás. En mi caminar me encontré con Rubí que, al igual que yo, disfrutaba de esa tarde de Mayo en el tiempo de la Primavera. Un sus peludos mofletes se llegaba a adivinar un tenue brillo rojizo, aunque llegué a dudar si no sería un efecto producido por el destello de sus fulgurantes ojos rojos. Comenzamos a charlar, sin nada en particular que decir, pero sintiendo la necesidad de compartir nuestra alegría y bienestar con alguien, como naufragos en una isla desierta que hablan con una calabaza, sólo que la calabaza también hablaba. Y en estas que estábamos tan deshinividos, que a Rubí se le escapó comentar lo buena pareja que hacíamos, que eramos como la pareja ideal de Ynis. Debió de asustarse ante mi expresión, porque enseguida intentó corregirse, y ante la imposibilidad de salir de ese embrollo, se excusó y echó a correr.

Mi compañera ya trató el tema de la zoofilia en su última aportación, así que no me recrearé en este asunto más que para decir que, sin entrar a juzgar lo bien o mal que está, no es algo que me atraiga en absoluto. Nunca creí que llegaría el momento en el que un animal se me declararía, y cómo se me quedó el cuerpo es algo complejo de explicar. Sí que he recibido el cariño de muchos animales, igual que ellos han recibido mi afecto, pero esto es totalmente diferente, y como tal ha de ser tratado. Supongo que Rubí se habrá sentido muy dolida ante mi reacción, así que supongo que tendré que pedirle disculpas y explicarle mi punto de vista. La tarde ya ni era brillante ni yo estaba con la mente puesta en lo etéreo de ésta, así que me volví a mi casa siguiendo los pasos de mi alargada sombra.

Muchas veces me he preguntado qué relación habrá entre los habitantes de Ynis, si habrá algún tipo de amorio entre ellos. Innumerables veces tanto unos como otros me han pedido que le lleve una carta a tal o un regalo a pascual. Aún dando por hecho que son gente amable por naturaleza, tanto ir y devenir de cartas y regalos conmigo como eje central siempre me ha resultado muy sospechoso. Porque por extraño que parezca, uno se llega a creer que los animales son animales, y los humanos humanos, por lo que animales entre sí podrían tener relaciones sin mayores problemas, aún perteneciendo a distintas especies, pero cuando entra en juego la moralidad humana, todo se vuelve un tanto abstracto. Parece natural que Rubí (la coneja) pudiera estar enamorada de Tristán (el gato), pero que se enamore de David (el humano) es como que menos sostenible. Supongo que ambas cosas son antinaturales, y no ha sido hasta ahora que me he dado cuenta.

Y más allá de los temas amorosos, cabría preguntarse qué relaciones sexuales tienen estos animalejos. A día de hoy no he visto que nadie los haya visitado (más allá de mis amigos y conocidos), por lo que deduzco que o se contentan con sus propios medios, o se contentan con los que otro le pueda dar. Pero entonces volvemos al tema de la mezcla entre especies. ¿Le parecerá a una foca tan aberrante la idea de fornicar con un perro como me lo parece a mi? Además, no estoy tan seguro de que muchos animales conozcan eso de la masturbación. Sé que los perros la dominan, y los monos araña son maestros incontestables, ¿pero y las ratas por ejemplo? ¿los patos? ¿las nutrias? Y hablando de masturbación, hete aquí que hay situaciones en las que te pone la vida, o más bien los tabues. Cuando me encontraron el problema físico que sufro, me dijeron que no hiciera ningún esfuerzo físico. Cuando te dicen esto lo primero que piensas es en no levantar grandes pesos o en no hacer ejercicio físico fuerte. Entonces pasan los días del nerviosismo, y empieza tu organismo a volver a la normalidad, y dentro de esa normalidad se encuentran las apetencias sexuales, y es entonces cuando te encuentras con que no sabes si masturbarte puede ser un riesgo, porque de todos es sabido el movimiento de sangre que el acto sexual, y la masturbación en menor medida, requieren.

El día de visitar al médico llega, tienes que resolver tus dudas, pero tu padre te acompaña, ¿cómo preguntar acerca de la masturbación cuando está tu padre delante? No tienes porqué explicarle nada, no tienes porqué justificarte de nada, eres mayorcito, pero ahí está esa reticencia ascentral a compartir un tema así con tu progenitor. Incluso buscas preguntarle de la manera menos intrusiva esta cuestión al doctor. La consulta llega y sales airoso, tus dudas han sido resueltas; puedes hacer vida normal, la vida que normalmente alguien haría, así que no debes de tener miedo, y no has tenido que preguntar siquiera acerca de temas tan peliagudos. Aún así te quedas con la sensación de que algo ha fallado, que no puede ser que te hayas tenido que ver en una duda así de estúpida e inoportuna porque en la sociedad no se puede hablar de sexo abiertamente sin que alguien te mire raro y te juzgue erroneamente. Has vivido una experiencia más, una medallita más sobre la que volver tus pensamientos, una medallita que nadie ve, pero que eso no hace que exista menos. Son esos pequeños detalles de los que nadie te habla, esas pequeñas cosas con las que no contabas y que de alguna manera se vuelven importantes, como cuando te haces un pequeño corte en la llema del dedo gordo. A rasgos generales es una herida sin importancia, no vas a morir por eso, pero... ¿y lo molesta que es?

lunes, mayo 08, 2006

¿En qué emplean las reporteras intrépidas su tiempo de ocio?

Bueno, va, voy a ser sincera. Neimtaun, mi pueblo, es un lugar muy tranquilo. Apenas somos diez habitantes, y aparte de las típicas rencillas entre vecinos (que si me pediste la pala y aún no me la has devuelto, que si pones la música para que la oigan los habitantes de Ynis, etc.), lo cierto es que vivimos en una paz idílica, una paz ejemplar, una paz… aburrida. No es que me apetezca ver disputas, ni accidentes, ni cosas así, pero mi corazoncito ávido de noticias no puede evitar ansiar un poco de acción de vez en cuando. Hay veces en que pasear por el campo, deleitarse con el olor de las flores y observar el vuelo de las mariposas no es suficiente. Días en los que casi desearías que te picara una avispa, para comprobar así que sigues viva y no en el limbo. Pues bien… ayer fue un día de esos. Así que hacia las tres de la tarde, en lugar de dirigirme como cada día hacia el Alpiste a tomarme un café y conversar con Fígaro, cogí el camino que, al cabo de casi una hora de andar, me llevaría al autobús que más tarde me dejaría en la ciudad.

Y fue bonito. Sí, bonito, un adjetivo poco adecuado para describir una visita a la ciudad, pero lo cierto es que lo fue. El cielo pasó a ser la única muestra de naturaleza que quedó a mi disposición, y me dediqué a mirar hacia arriba como una desequilibrada, ignorando los insultos de los transeúntes contra los que chocaba cada cuatro o cinco pasos. Pero me daba igual, porque era feliz. Al contrario de lo que dicta la lógica, yo creo que cada lugar tiene un cielo distinto, y el cielo de la ciudad, recortado por los edificios construidos muchas décadas atrás, tiene algo de impetuoso, de solemne y de bonito, pero eso no cuenta, porque todos los cielos son bonitos.

Sin embargo cuando oscurece el cielo de una ciudad pierde todo su encanto, se vuelve opaco y rojizo y no hay nada que ver, así que decidí meterme en un teatro. ¿Quién es Silvia? O la Cabra se llamaba la obra, y era de Edward Albee. Tal vez me llamó la atención porque una vez tuve como vecino a un cabrón, y no es ningún insulto, era un cabrón encantador, y se llamaba Montés. Ay, Montés…. dónde andarás, malandrín.
El caso es que entré (previo pago, obviamente, pero por una visita a la ciudad que hago, no me iba a privar de nada), y me senté dispuesta a ver una comedia o algo parecido, por el título. Pero a la salida, en lugar de tener una enorme sonrisa en los labios y un par de recuerdos risueños volando por la cabeza, los interrogantes me picaban por dentro como chinches hambrientos.

Sinceramente, mientras veía la obra pensaba que no era buena. Que se les había ido la mano, que abusaban de la paciencia del público. Un hombre de mediana edad, felizmente casado, con un hijo adolescente cuyo única característica fuera de lo corriente es su homosexualidad, resulta que se enamora de una cabra. ¡De una cabra de verdad! No, nadie interpretaba el papel de Silvia bajo una capa de lana esponjosa, pero la cabra estaba allí, en las conversaciones, en las confesiones y en las risas de todos los que observábamos desde la oscuridad. ¡Una cabra! Gritaba la esposa cuando se enteraba, gracias a la carta de un amigo de confianza. ¡Una cabra! Gritaba el hijo. Y se llevaban las manos a la cabeza, y mostraban su repugnancia, y el padre lloraba, se lamentaba, quería pedir perdón pero… pero no podía negar algo tan cierto como que amaba a esa cabra. ¡Te follas una cabra! Gritaban todos, pero él negaba con la cabeza y decía que no se trataba de sexo. Que había algo más, algo inexplicable, algo inmenso.

Era absurdo, absurdo de verdad. Así que el público reía, a veces incluso antes de esperarse a oír las intervenciones completas, previendo algo aún más descabellado. ¡Una cabra!
Pero luego, sin piedad alguna, nos lanzaron al drama personal que supone para una familia que el padre descubra de golpe y porrazo sus inclinaciones zoofílicas. Y volaron jarrones, se rompieron cuadros y hubo gritos, gritos y más gritos. Y lágrimas. Y desesperación. Y el hijo perdonó al padre y víctima de una enajenación mental transitoria le dio un beso en los labios. Y el padre primero se asustó pero luego lo razonó, dijo que no significaba nada, que habían perdido la razón con todo lo de la cabra, que el beso era en realidad un beso en la mejilla, aunque hubiera desviado su trayectoria. Y ahí ya cruzaron un límite que yo no era capaz de asimilar del todo, a pesar de mi mente abierta, de reportera con estudios y vida intrépida. Ahí ya se habían vuelto locos y esta obra es una mierda, con perdón. Pero cuando terminó, en lugar de pensar que el hombre era un maldito pervertido folla-cabras, me dio por odiar al amigo de confianza que lo había delatado, y empezaron mis reflexiones. Porque el hombre, dejando a un lado que estaba enfermo, si nadie se hubiera enterado de lo que hacía, hubiera seguido siendo considerado un hombre ejemplar, un buen padre, un buen marido. Y su mujer, a la que seguía queriendo mucho, hubiera seguido tan tranquila y, sin olvidar el hecho de que la pobre cabra no tenía voz ni voto en esa relación, y que probablemente hubiera preferido a alguien de su especie, a pesar de que él se empeñara en afirmar lo contrario, ¿qué daño estaba haciéndole a nadie? Claro que estaba enfermo, la obra no era una apología de la zoofilia ni nada por el estilo (aunque un poco de repelús sí que daba). La obra quería que viéramos lo intolerantes que somos en el fondo, y que las cosas están bien o están mal cuando alguien las ve y dice está bien o está mal. Y ya.

El caso es que las caras de la gente que abandonó el teatro cuando acabó no estaban muy satisfechas, más bien horrorizadas y asqueadas. Yo, como vivo en un lugar donde todos mis vecinos son animales, tan horrorizada no estaba, pero un poco sí, porque la amistad no tiene nada que ver con el sexo, y nunca me acostaría con ninguno de ellos. Pero me fui pensando en todas esas cosas, y hoy me he despertado y aún las pensaba. Entonces la obra no estuvo tan mal, porque me hizo pensar, y las obras están para eso, ¿no? Y en todo caso la visita a la ciudad fue bonita y desconcertante, como todo lo bonito de verdad, y hoy he podido volver a apreciar en toda su inmensidad el olor de las flores, el vuelo de las mariposas y el tacto de la hierba bajo los pies. Ahora, cuando acabe de escribir esto, saldré fuera y me tumbaré a mirar el cielo lleno de estrellas, de luces y de sombras, y me perderé un rato por el otro lado del muro.

sábado, mayo 06, 2006

al otro lado del muro azul

Oyes los pasos de la realidad cerca, entre la niebla resuenan solemnes, confundiéndose con el repicar de unas campanas procedentes del otro lado del espejo. Eres su objetivo. Sientes sus labios cerca de tu oido, es una sensación excitante y al mismo tiempo turbadora. Sin darte tiempo a plantearte cuestiones tan banales, empieza a susurrar.

Where are these silent faces?
I took them all
They all went away
Now you're alone
To turn out every light so deep in me
Hold on, too late
.

La canción exagera; es tarde, pero nada irremediable. Ya termina, se marcha entre redobles. Abres los ojos, chirriantes, legañosos. Hay muchos riesgos en usar como despertador uno de tus discos preferidos; puedes llegar a odiar y disparar al mensajero, puedes también pararte a tomar algo con él antes de leer el mensaje que trae y desvestirlo de toda urgencia que pudiera portar, o incluso puedes confundirlo con la banda sonora de algún sueño y conseguir que tu madre entre gritando a tu habitación mientras se cuestiona el estado de tu cordura. Sin embargo, es una solución que normalmente vale la pena poner en marcha para intentar que el día empiece con buen pie. Hoy el mensajero viene especialmente amigable y no puedes evitar invitarlo a café. La tercera canción ya grita "I feel cold when I cry out for the bark", cuando finalmente lees el mensaje: tienes que ir a trabajar. A regañadientes tus pies entran en contacto con el suelo y, después de un breve juego de veo veo, con las zapatillas de estar por casa. Empieza entonces un baile tradicional de las tierras matinales. Uno-dos-aseo, tres-cuatro desayuno. Uno-dos-vestirse, tres-cuatro marcharse.

Estás dando pasos lejos de casa, sin ritmo ya. El baile ha terminado y ahora caminas desacompasado, exahusto de la posición horizontal. Cuesta volver a acostumbrarse a la verticalidad cuando es la rutina quien te reclama. Vas arrastrando pies y alma en pos de unas habichuelas mientras la negrura de la noche retrata la lucidez mental del momento. Un casi separa a las calles de estar vacias de viandantes y de ilusión, de ruidos y de molestias. Es poca la vida humana que hay a la vista a estas horas, algunos abren comercios, otros limpian aceras y los menos se dirigen hacia algún lugar, como haces tú. También tienes tiempo de cruzarte con alguna maruja excéntrica que pasea en bata a su perro, no sabes si huyendo de la cama, de la compañía de la cama o tal vez de la razón. El ser humano nunca deja de sorprenderte y, normalmente, no para bien. Esta noche ha llovido, las nubes, escondidas tras la Tierra, han derramado sus lágrimas a resguardo de la implacable mirada solar. Pero el Sol no es tonto, cuando salga verá que edificios, pavimento, coches y demás mobiliario urbano amanecen con tez reflectante, y se enfadará. Y las nubes, asustadizas por naturaleza, se marcharán a otro sitio temerosas de su ira, y avergonzadas por pecar con algo tan natural como es el llanto. Pero esa no es tu batalla, y no te preocupa en lo más mínimo, bastante tienes con lo tuyo. Durante las próximas ocho horas estarás recluido en una necesidad teñida de obligación, sabiendo que una lucha se libra tras los muros que limitan tu libertad y que sólo llegarás a tiempo de ver los créditos y agradecimientos tras la película. Así que sigues caminando entre destellos y luces, mirando con ojos de cámara digital mientras el ángel del hombro no para de advertirte que llegas tarde, que no debes entretenerte. Pero tú te entretienes. La Luna es demasiado grande y hermosa como para no detenerte a retratarla mientras sonrie. Si tu garganta y tu vergüenza te dejaran, aullarías.

Observas ese gran agujero blanco que es la Luna, agujero por el que se escapan tus pensamientos, agujero en mitad de la nada negra. Por un momento llegas a ser consciente de que la ventana de cristal tintado que es la noche lo que muestra no es sino la vida misma. Desde pequeño te hicieron relacionar la oscuridad con la muerte, con la desaparición de la vida a la vista, pero allí te encuntras tú, mirando al infinito, sabiendo que lo que ves no es un mural, sino una encrucijada de tridimensionalidad y medidas imposibles. Miras lo que pasó hace un momento, hace una hora, un año, un millón, mil millones, y todo al mismo tiempo y a innumerables distancias diferentes. Ante tus ojos se crea vida y se destruye, muere una civilización y nace otra, aunque tú no ves más que oscuridad, puntos blancos que brillan en esa oscuridad, y una enorme esfera que ha logrado conservar el sugerente aspecto de su juventud. El miedo aparece, no quieres que se levante el muro azul en el cielo mientras sigues viajando por otras galaxias. Temes quedarte al otro, fuera del mundo, de ti mismo, perder el aquí por haber buscado el allí, ser exiliado a Catatonia. Aún temeroso como estás, no puedes evitar hacer una última parada en la estación de servicio lunar durante el viaje de regreso. Te parece obvio que aquello es una esfera, las sombras también saben delatar, y estas sombras te dicen que la Luna es redonda. Dedicas una sonrisa algo socarrona a las creencias del pasado y, como hizo la lluvia antes, caes fulminante sobre la Tierra.

Vuelves a estar rodeado de edificios que se alzan imponentes alrededor, pero tú sólo ves juguetes creados por el ser humano, casitas de mentira levantadas para construir una ilusión de seguridad. Casitas iluminadas para ahuyentar todo mal, para protegernos del exterior igual que el muro azul nos protege durante el día. Y la lluvia sigue desparramada por todas partes, y viéndola no puedes evitar pensar que otro día puede caer algo que no sea lluvia y esparcir las piezas del juego tan fácilmente como un soplido lo haría con un castillo de naipes. Orgullosas las montañas de ladrillo te miran por encima del hombro, creyéndose muy fuertes, ignorantes de lo poco que son en verdad.

Ya estás cerca de tu trabajo cuando el Sol comienza a despuntar. Hoy sería un día como otro cualquiera si no fuese porque ya has dado una vuelta por el universo, aunque tendrás que callarte tus aventuras y no intentar leerle el cuaderno de bitácora a nadie, de lo contrario te regalarán una camisa nueva, algo incómoda.

Donde tú estás ahora estuve yo una vez, así que tienes mi comprensión y simpatía. No tuerzas el gesto, nunca sabes lo que el destino te depara ni sabes dónde acabarás. Te deseo suerte en tu próximo viaje, tal vez tengas fortuna y llegues a un lugar maravilloso, yo llegué a Ynis.

martes, mayo 02, 2006

bio - el fósil viviente

Preparaos niños, hoy toca clase de biología.

Bio es el nombre de una nueva serie de entradas dedicadas a animales que han aparecido en Ynis, y que por alguna razón me han llamado la atención. La información que en estas entradas aparecerá serán datos extraidos de las explicaciones que Sócrates me da cuando le pregunto. Creo que nunca os he hablado en profundidad de él, y no será ahora cuando lo haga, sólo os diré que Sócrates es un buho que trabaja en el Museo y está ámpliamente versado en diferentes ciencias y materias, como puedan ser la biología, la pintura o la paleontología. Si veis algún error o teneis algo que añadir a los datos que aporto, hazédmelo saber, se lo comunicaré a Sócrates tan rápido como pueda, y si procede, lo añadiré a la entrada (o la modificaré si fuese necesario).

Para inaugurar bio he elegido un ser cuyos orígenes se remontan en el tiempo hasta hace más de 400 millones de años: el celacanto, el fósil viviente.

Un celacanto es un pez prehistórico, que hasta el 22 de diciembre de 1938 se creía extinguido de la faz de la Tierra. Fue en aquel año que la señorita Majorie Courtenay-Latimer descubrió el primer ejemplar vivo (bueno, más bien recién muerto) del que se tenía constancia. Esto fue en East London (Sudáfrica), ciudad en la que estaba el museo en el que trabajaba como conservadora. Sucedió que un buen día, mientras paseaba por los muelles de la ciudad, vio un pez de enorme tamaño entre la pesca descargada de una de las naves. Al fijarse descubrió que tenía unas aletas muy características que le permitieron identificarlo como un latimeria chalumnae, o celacanto. Antes de este hallazgo toda la constancia que se tenía de éste pez de leyenda era a través de fósiles que databan de los periodos comprendidos entre el Devónico (hace 400 millones de años), época en la que se supone apareció, y el Cretácico superior (hace 65 millones de años), donde se le suponía que había desaparecido. Por cierto que fue en el Carbonífero (hace 250 millones de años) cuando alcanzó la cima evolutiva. La segunda aparición se hizo esperar, 14 años para ser exactos (aunque si tenemos en cuenta que antes de 1938, la anterior marca que había dejado este animalejo se remontaba 65 millones de años atrás, 14 años no parecen demasiados). Fue en el 1952, en las Islas Comoras, entre Madagascar y Mozambique, en el Oceano Índico. En los años sucesivos se dieron casos de nuevos especímenes encontrados, lo que confirmaba que por aquel archipielago había una alegre comunidad de carcas natatorios. Hasta 1998 se dio por hecho que este era el único grupo de celacantos que había sobrevivido al tiempo, pero en ese año Mark V. Erdmann, biólogo de la Universidad de California (Berkeley) puso de manifiesto que en Manado Tua, una de las Islas Célebes (Sulawesi, Indonesia), había otra comunidad de carcas natatorios. Los carcas natatorios del mundo se felicitaban por descubrirse menos solos. Este descubrimiento, además de producir una algarabía entre la tercera edad marina, significaba que la población de celacantos no sólo se reducía a un punto en el mapa, y que por tanto podrían encontrarse nuevas poblaciones en la zona comprendida dentro de los 10.000 kms de distancia que había entre una comunidad de celacantos y la otra, o incluso en otros mares diferentes. En el año 1989 la población de las Islas Comoras se cifró en unos 200 ejemplares, aunque su número baja de manera alarmante. De la otra comunidad no se tienen datos.

Una vez puesto en contexto, toca hablar del bicho en si. Los celacantos son grandes peces marinos (alrededor de los 150cms de largo) de color gris azulado o pardo, que se caracterizan por tener unas aletas que por poco no se pueden considerar patas. Suelen vivir en aguas bastante profundas, (entre los 150 y 250 metros de profundidad), y no salen a la superficie más que para alimentarse, normalmente de los peces de los arrecifes, los cuales se constituyen como su principal alimento. El que pueda sumergirse a tales profundidades se debe a su vegiga, capaz de segregar aceite (Nota: no me queda muy claro cómo funciona este invento, pero el caso es que esto es así, y como tal lo tendreis que asumir, os guste o no). Otra de las caracteristicas del celacanto es que las hembras fecundan los huevos internamente. Estos huevos suelen ser de gran tamaño (en torno a los 9cms de diámetro y 300 gramos de peso). Este último dato es posíblemente el más relevante a la hora de determinar su gran importancia evolutiva, ya que junto con los peces pulmonados, son los parientes más cercanos de los vertebrados terrestres. No en vano fueron los peces de aletas lobuladas (como el celacanto) los encargados de dar el paso evolutivo que alejó a los peces del agua allá por el Devónico superior (hace 360 millones de años), para luego convertirse en otras cosas que ya no eran, ni son, peces.

Por último decir que, como un montón de especies, el celacanto está en peligro de extinción. Debido a la sobreexplotación pesquera de los peces que sirven como alimento a estos bicharracos, y también al complicado ciclo reproductivo que poseen, estos fósiles vivientes están a un paso de convertirse en fósiles sin más. Las creencias absurdas que se tiene en algunos paises asiáticos de que el líquido de su espina dorsal prolonga la vida, tampoco ayuda. Es más, gracias a ellas el mercado negro de productos de celacanto está en auge. Cada especie que se extingue es un golpe incontestable para la Tierra, pero que desaparezca una eespecie que ha logrado perdurar más de 400 millones de años, y que sea por culpa exclusiva del ser humano, es un cargo de conciencia que debería pesar más de lo que parece pesar.

mensaje de la semana

Que seas paranoico no quiere decir que no te persigan.

sábado, abril 29, 2006

viernes, abril 28, 2006

sucio y húmedo - parte i

Los últimos días de Julio se derretían bajo el sofocante calor levantino de aquel verano del 2001. Era domingo por la mañana, temprano para los lugareños, y muy tarde para gran parte de los provisionales habitantes del pueblo castellonense de Moncofar. El sonido del mar en su perpetuo danzar luchaba por abrirse paso entre recuerdos de acordes rompedores y sistemas auditivos colapsados de descarga. El Rock Machina tocaba a su fin, y la hora de la despedida saludaba vergonzosa junto a los primeros rayos de sol. Algunos pensamos y acordamos, sin apenas necesidad de intercambiar palabras, que una despedida entre los amigos recién hallados no sería justa de enmarcar en aquel patatal con complejo de campo de batalla, tumba de litros y litros de alcohol, lugar de acampada en definitiva. Y allí estábamos, sentados en la playa jugando al escondite con el sueño, con la mirada perdida, mirando al horizonte, o al inmediato pasado, o a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. El mar era grande y gris, y el sol se empeñaba en pintarlo de colores brillantes con la alegría sana de un niño. Lo contemplé y me pareció bello, bello como sólo me parece el cielo, y las grandes montañas, y cualquier expresión de la enorme magnitud de la naturaleza. Bello y sobrecogedor. Inabarcable.

"De mayor quiero ser como el mar".

Esto fue todo lo que mi mente alcanzó a idear, la única manera en la que en aquel estado supe explicar mi admiración por lo que mis ojos estaban presenciando. Por respuesta un genuino y lapidario comentario de ese artista único y grande como él sólo, el inigualable Perro.

"¿Cómo? ¿Sucio y húmedo?"


No estoy muy seguro de a qué edad comencé a sentir fascinación por la grandeza natural. Creo que fue cuando me acercaba a la veintena que aprendí a mirar al horizonte y maravillarme. No puedo evitar sentirme pequeño e insignificante cuando me encuentro en una montaña y miro las tierras que se extienden hasta donde alcanza la vista. Muchas veces he oido eso de que cuando todo lo que se ve está por debajo de tus pies, te sientes poderoso. Nunca lo he llegado a sentir. Creo que se debe a que mi mente, tremendamente racional, como un sabio consejero cortesano, me explica que la perspectiva no cambia la situación real, que no por estar más elevado soy más y si estoy más abajo soy menos. O dicho de otro modo, lo lejano no es más pequeño que lo cercano, porque con cada paso lo que antes era pequeño crece y lo que antes era grande, se encoje. Esto último es en lo que suelo basar mi argumentación para sentirme tan diminuto. Siempre, como en una competición sin competencia ni premio, me detengo a comparar escalas, y me imagino a mi mismo allí abajo, tan inapreciable, tan nada sin un plano cercano, y siento vértigo de saberme superfluo. Y es en este sentimiento que encuentro la belleza de los lugares que perduran, de esas grandes criaturas llenas de vida que son los cielos, mares y montañas del mundo.

Mientras escribía el párrafo anterior, no he podido evitar recordar Carnota. Carnota es un pequeño pueblo a medio camino entre Muros y Finisterre, en Coruña, Galicia. Su fisonomía es la del típico pueblo de carretera, con edificios alzándose sin un claro orden a un lado y otro de la calzada, como se levantan los árboles a los lados de un rio. Además del segundo hórreo más grande de Galicia, su principal atractivo reside en el enclave natural en el que está situado, reposando la mitad del pueblo en la falda de una gran montaña, mirando con descaro al cercano Atlántico, y bajo el eterno cielo nublado del norte, que además de lluvia, parece regalar vida, y color verde. Allí en Carnota presencié la puesta de sol más preciosa de todas cuantas he contemplado, con el sol ocultándose a mi izquierda y la oscuridad cerniendose por la derecha. Un festival de azules y ocres para un panorámico espectáculo. Entrada gratuita para grandes y pequeños.

Como se teje la malla del vértigo, se entrecruzan los pensamientos, cogidos entre sí con sus manitas arrugadas por el tiempo. Pensar en Carnota es pensar en negro, en esputos de muerte escupidos por una prestigiosa criatura metálica, herida de gravedad en las costas gallegas. Pensar en Carnota es pensar en atentados contra la naturaleza con autoría inhumanamente humana. Pensar en Carnota es llorar lágrimas de crudo. Pensar en Carnota es quedarse sin hojas en la libreta y la memoria para apuntar y recordar todas las mentiras. Pensar en Carnota es matar a la esperanza un poquito más, ahogarla en una laguna oscura que no refleja la luz, y que muera, no ahogada, sino de asco, asco por el tacto de las manos que le agarran, no por la pobre laguna, que no tiene culpa de ser oscura y de que le hayan robado la facultad de reflejar la luz. Como voluntario fui, y como fracasado regresé. Un estanque invadido por la negrura. Un rastrillo evidentemente incapaz de limpiar la oscuridad del corazón y la conciencia. La orden de no dañar las plantas del fondo del estanque, negras ya. Una labor imposible. La búsqueda de ser útil. Un perro que, con la felicidad del que desconoce, se baña en cáncer. Vuela una piedra con la misión de ahuyentar. Un perro que no comprende vuelve a beber muerte cuando la bandada de piedras voladoras ha pasado de largo. Intentar no pensar en perros y seguir sacando aceite de las piedras, con cuellos de botella de agua mineral porque no hay que rayarlas. Cuellos de botella de agua mineral que se queman, se deshacen y sólo quedan los guantes. Guantes manchados tanto o más que las rocas. Guantes sin tacto, dejan paso en algunos casos a manos que sienten la viscosa sustancia resbalando entre los dedos. Manos que saludan con rebeldía a su oscuro enemigo. El oscuro enemigo que penetra por los poros de la piel, sólo sabe Dios hasta donde llega. Esperemos que a ninguna parte. Un buen traje, un grupo de gente, todos con manos, ninguna que ayude. Un helicóptero que en sus tripas lleva a gente con trajes buenos y manos que no ayudan. Manos que no ayudan y preguntas de ¿Por qué? se encuentran. Las preguntas que se van, saben reconocer las manos de los mentirosos, rojas de frotarse, nunca de trabajar, nunca de ayudar. Una mujer con lágrimas y marcado acento llega. Llora y trae café, y se reconoce incapaz de hacer nada más. Manos temblorosas y ojos vidriosos que traen café. Café que ayuda. Así es otra de las muchas postales que guardo de Carnota.

Y siguiendo el patrón de la malla con un pensamiento que viaja en perspectiva paralela, llego a Ynis. A su mar, que avanza y retrocede, y avanza, y retrocede, indeciso de quedarse o marchar, condenado al arrepentimiento eterno de no saber qué hacer, ni dónde estar. Ese mar donde jugué mis bazas durante el Torneo de Pesca del domingo pasado, buscando una lubina ganadora. No obstante, lo que encontré fue la podredumbre del ser humano en forma de neumático. Neumáticos debería de decir. Desde las 12:30 que empecé mi participación en el torneo hasta las 18:00 que concluyó, encontré alrededor de una quincena de neumáticos en las aguas del mar. No sólo neumáticos, también zapatos, unos y otros llenos de algas y desazón. Desazón que hice mía.

Los pensamientos, cansados de caminar, se despiden ya de la malla, no sin antes darle dos besos a Chernobil, y desearle buenas noches. Madre de las tragedias y las mentiras de la gente con trajes buenos, ¿cuánto podría haberse arreglado sin todos esos embustes interfiriendo? Sé que dos besos no son suficientes para aliviar el dolor de veinte años de adioses y radiactividad, como sé que volveremos a tropezar en aquella piedra negra que una vez intenté limpiar con el cuello de una botella de agua mineral, mientras un perro chapoteaba en mi retina.

miércoles, abril 26, 2006

¡Prohibido correr!


Aparece una nueva ordenanza en Neimtaun que prohíbe el desplazarse a una velocidad superior a la del paseo. Los habitantes que se aventuren a correr pueden ser penalizados con multas de hasta 1000 bayas.

Los habitantes de Neimtaun no pueden creer lo que ven sus ojos. Desde esta mañana, en paneles informativos a lo largo de todo el pueblo aparece esta escueta pero clara orden: ¡Prohibido correr! Todo apunta a que tal ley es producto del nuevo plan urbanístico que se inició ayer por la mañana, y que prevé la plantación de más de cien nuevos árboles en distintas zonas de la población, así como la creación de una avenida y de varias zonas ajardinadas. Según el alcalde, al que muchos consideran incapaz de organizar la vida de un pueblo debido a su avanzada edad, esta medida es del todo necesaria. En declaraciones exclusivas a esta reportera, afirmó que: — Las flores son caras. Y las flores requieren unos cuidados especiales. Si corremos entre las flores, las pisamos, y las flores se marchitan. Y hay que comprar más. Y las flores son caras. Y requieren unos cuidados especiales… etc.

Los Neimtaueños, sin embargo, no parecen estar muy de acuerdo con esto.

— ¡En Ynis se inició un plan urbanístico hace ya un mes, y nadie prohibió correr! —nos confió un escandalizado ratón Rodi agarrando el micro con rabia.
—¿Cómo vamos a llegar a tiempo a las citas, si se nos prohíbe correr?—se preguntaba la ardilla Belinda llevándose las manos a los mofletes.
— ¡Es un derecho básico, esta ley atenta contra los derechos humanos de los animales! —exclamaban todos muy indignados.

El alcalde ha anunciado la creación de varias zonas dedicadas especialmente a la práctica del deporte, incluyéndose en ellas las carreras:— En estas zonas no se plantarán flores. Se plantarán árboles. Los árboles no se pueden pisotear. Si alguien quiere correr, podrá correr en las zonas dedicadas a los habitantes corredores. Pero esta medida, pensada para contentar a todo el mundo, no parece en la práctica lograr más que avivar la indignación de los habitantes del pueblo.

—¿Qué va a pasar? Yo te diré lo que va a pasar con esto —nos contaba el ratón Rodi encolerizado—. Nos están intentando dividir. ¿Tú eres corredor? A la derecha. ¿Tú no? A la izquierda. O al revés.

— A los corredores nos están criminalizando. ¡Vamos a llevar el estigma del corredor en la frente! —gritaba Trotón, un caballo recientemente instalado en Neimtaun.

¿En qué va a acabar todo esto? ¿Es esta medida sólo el principio de una era cada vez menos democrática en el ayuntamiento de Neimtaun? ¿Es tal vez una señal de que el alcalde debería empezar a pensar en la jubilación? Por el momento se están organizando manifestaciones para el próximo día 30, y se ha iniciado un movimiento bajo el lema Yo corro, ¡y no soy malo! que por el momento está imprimiendo camisetas y repartiéndolas entre los neimtaueños, y planea llegar en los próximos días hasta pueblos vecinos para concienciar a otros animales acerca de la importancia de mantenerse en forma sin limitaciones de ningún tipo.

martes, abril 25, 2006

mi planito

Mira qué horas son y aquí estoy sin atrapar la mosca del sueño. Y, paradógicamente, mientras más me esfuerzo, más despierto me encuentro. Estos últimos días han sido un poco ajetreados por aquí. Aparte del torneo de pesca que se me escapó de las manos cual pez aún con vida, el tiempo lo he dedicado casi por entero a mis labores como encargado de urbanismo. Avatares del destino, es este un cargo proscrito en nuestra historia reciente, que, sin embargo, a mi me enorgullece desempeñar. La historia viene de lejos.

Al poco de instalarme en Ynis, recibí la visita de Don Tórtimer, nuestro vetusto alcalde. A pesar de su avanzadísima edad, Tórtimer sigue siendo un vanguardista, y por qué no decirlo, un culo inquieto. Su visita tenía un objetivo claro: pedirme que me encargase de crear un plan urbanístico para Ynis, además de ponerlo en práctica. A cambio obtendría una actividad en la que emplear mi tiempo, y un pueblo más bonito y habitable. O sea, que la vieja tortuga se agarró a mi altruismo manifiesto cual clavo ardiente. No me quiso explicar los motivos que le empujaron a confiar en mi para desempeñar tal labor, pero intuyo que se debió a que al yo ser humano y haber vivido la mayor parte de mi vida en la ciudad, algo como un plan urbanístico me podía ser más afín que por ejemplo al ratón musculado Rodi (que ahora vive en Neimtaun). La idea de que le ha propuesto esta labor a todo ser que ha llegado a Ynis (incluso a Tristán) y yo he sido el único pardillo en picar, también me ronda la cabeza en más de una ocasión. Pardillo o no, el caso es que es un trabajo que me llena de orgullo, y me vacía de tiempo.

No bien había abandonado Tórtimer mi casa dándome plena libertad para hacer lo que me pareciera mejor, empecé a trazar las lineas básicas sobre las que se construiría mi imperio... digo... Ynis. Todas las acciones que haría de ahí en adelante tendrían que regirse por dos parámetros fundamentales: belleza y pragmatismo. La idea era modelar un lugar bello a la vista, pero que al mismo tiempo fuese lo suficientemente ordenado como para que un forastero se pudiera manejar por el pueblo sin perderse. El primer paso fue crear una alameda de melocotoneros que escolta al rio desde la cascada hasta el primer puente. Esa parte conecta con las dos avenidas de naranjos que a su vez dan acceso tanto al portón como a la tienda de Nook y las Hermanas Manitas. Detrás de Nook se pueden encontrar dos pequeños círculos de cerezos a un lado y manzanos al otro. Aunque en el futuro tengo pensado distribuir los frutales según las cuatro esquinas del pueblo: noreste, noroeste, sureste y suroeste. Para terminar de embellecer la parte situada más al norte, pensé que unos jardines en la parte posterior del museo darían vida a una zona, de otro modo, demasiado vacía. También tengo la intención de recubrir la vera del rio con todo tipo de flores (ya llevo la mitad). Por último, ahora mismo estoy enfrascado en la zona de la playa, donde he creado un paseo marítimo y he arreglado los accesos al mismo. Esta misma tarde la he dedicado a adoquinarlo, aunque me faltan algunas zonas que tendré que terminar mañana.

Como podeis ver, poco tiene que ver este encargado urbanístico que aquí escribe, con el deleznable concepto que me habreis atribuido nada más leer mi nuevo título. De hecho, no sólo he dedicado una ingente cantidad de tiempo a la planificación y ejecución de mi planito, así como al mantenimiento necesario, (que en Ynis no hay jardineros que rieguen, planten o talen, aparte de mi, claro), sino que además me he dejado un montón de dinero entre la compra de flores y herramientas. Ahora bien, si por casualidad está asomado vuestro sentimiento paternal (o maternal) a saludarme, tampoco es necesario que me compadezcais. Como ya he dicho antes, el pago que recibo es más que suficiente. Me basta con saber que mi pueblo es tan bonito como mi imaginación y energías lo permiten, y que es tan fácil de recorrer, que hasta alguien que anda buscando su sentido de la orientación podría encontrarlo bajo un cartel indicativo. No se me ocurre qué premio más reconfortante que ese podría obtener.

Si lo pienso, debo de ser de los pocas personas encargadas del urbanismo de una zona cuya principal prioridad es hacer que esa zona sea más habitable, que quien allí vive tenga un recuerdo bonito de aquel lugar a lo largo de sus días de vida. Por desgracia la mayoría de responsables de estos asuntos no comparten esta ideología, empujándonos a muchos de nosotros a vivir secuestrados por nuestra propia miseria. Es irónico pues, darse cuenta que gran parte de la culpa de que esta situación persista, no es de nadie más que nuestra. Es lamentable que no lleguemos a relacionar nuestras penurias, con el gran negocio que mueve la economía española. Y es que no llego a comprender todo el revuelo que se ha montado con el asunto marbellí. Se habla de escándalo, y creo que no hay palabra más impropia e inmerecida, a la vez de ingenua, para calificar tal situación. A veces me llego a plantear si es que en vez de llevar una venda, lo que ocurre es que la mayoría de la gente carece de la capacidad de ver. No se explica sino que aceptemos el elevado precio de la vivienda, el cual tendremos que acarrear sobre nuestras espaldas a lo largo de (a veces) más de una vida. No se entiende que contemplemos inamovibles como los pocos parques y zonas verdes que en nuestros pueblos y ciudades hay son canjeados por parkings privados, entre copas de vino viejo y rayas blancas, por gente que no es más dueña de ellos de lo que nosotros lo somos. No entra en cabeza alguna que se nos pida aparcar en las aceras marcadas de prohibitivo amarillo y enviar a nuestros hijos de excursión a un parque lejano a intercambiar balones de fútbol por jeringuillas con caballo, mientras alguien sentado en un sillón hinchable se toma un whisky con hielo en mitad de la piscina instalada en la azotea de uno de sus tantos edificios. Y lo más irracional de todo, es que sigamos empeñándonos en llamar escándalo a lo sucedido en Marbella.

Y el ganador del Campeonato de Pesca es...


He aquí la foto de la ganadora del Campeonato de Pesca del mes de Abril en Ynis, Rubí. La victoria fue reñida, y al mediodía parecía que la ganadora sería Aria, con una lubina de 114,3 centímetros de longitud. Más tarde apareció un nuevo récord, el de fresquito, con otra lubina, en este caso de 116,1 centímetros. Cuando, a sólo una hora para el final del campeonato, Rubí apareció con su lubina de nada más y nada menos que 119,3 centímetros, un suspiro de decepción se elevó en el aire de Ynis, pero los participantes en la competición no cesaron en su esfuerzo por proclamarse ganadores, y siguieron pescando hasta las 18:00, hora en que finalizaba el campeonato. Ningún concursante pudo superar la lubina de Rubí, y algunas malas lenguas se apresuraron a enturbiar su victoria haciendo circular la palabra tongo. A pesar de ello, nadie pudo mostrarse indiferente ante la alegría de Rubí, sólo superada por la del alcalde, que, tal como apuntaban las reglas del campeonato, se convertía en propietario y futuro engullidor del pez ganador.

lunes, abril 24, 2006

mensaje de la semana (y de la pasada)

Las postales son diferentes por cada lado. Qué raro...

Un desecho de creatividad esta frase. Y esta es la de la semana anterior:


Siempre llueve sobre mojado.